
Niños de Kirchamba (Malí)
La tarde no terminaba de caer. El sol - que en tan remoto lugar es de injusticia, ya que muestra sin piedad las desigualdades de los hombres - quemaba el horizonte y los ojos de un "tubabu" como yo. A mediodía, tras el rezo en la mezquita (ya que era viernes, y la mayoría de la población reza a Alá) recibimos un verdadero ágape de honor - rompiendo la lógica económica de las gentes de Kirchamba - y una lección de historia y amor por el recuerdo de estos descendientes de andaluces que no olvidan la tierra de sus abuelos. La charla se prolongó y luego se instaló un entretiempo de calma, de reflexión. Dentro de nuestra casa - la que habían puesto en nuestras manos - se respiraba una inmensa paz. Pero mis vicios confesos del fumeque y el paseo, me impulsaron a dar una vuelta por el pueblo. Las calles estaban desiertas (y no es hipérbole, sino realidad) y experimenté la soledad. Cuántas experiencias, qué cúmulo de emociones vividas en las afueras del mundo. Mi cigarrillo se acababa, miré su cabeza incandescente y me lamenté de depender de su humo. Arrojé la colilla y oí un rumor. Al girarme, decenas de niños me miraron sorprendidos - esperando mi reacción. Uno de ellos, aprovechó la última calada de una colilla que todos se disputaban. Les sonreí y tuve el premio de cien sonrisas sinceras, puras, claras como las aguas del Níger. Hoy, esos niños quizá hayan muerto. Una hambruna feroz se cierne sobre ellos y sus mayores. Yo ahora estoy aquí, en España. Sigo fumando mis cigarrillos y dando paseos al atardecer.
Manuel Navarro